NOTICIA
3 de mayo, 2017

“El acceso a tanta información produce una desvalorización del conocimiento”

Por Bernardita Ponce Mora. Entrevista a Luciano Elizalde, Decano de la Facultad de Comunicación de la Universidad Austral.

Fuente: El Tribuno.

El viernes último comenzó el curso de posgrado “Comunicación estratégica: tendencias y convergencias” en la Universidad Católica de Salta. En la primera clase disertó Luciano Elizalde, doctor en Comunicación, investigador asistente del Conicet y decano de la Facultad de Comunicación de la Universidad Austral. Antes, conversó con El Tribunosobre las consecuencias de la sobreinformación en un mundo cada vez más conectado y con más acceso a nuevas tecnologías.

¿Cómo está cambiando la comunicación con las nuevas tecnologías?
En realidad siempre la tecnología ha cambiado la manera en que se da, se produce y funciona la comunicación. Lo que pasa ahora es que tenemos una transformación en la que todos somos emisores. Ese es el punto de partida más importante. El abaratamiento de los equipos de comunicación y la creación de los teléfonos inteligentes y las tabletas hacen que cada persona, sea o no profesional de la comunicación, tenga hoy la posibilidad de ser un productor. Eso ha cambiado desde un punto de vista cuantitativo y cualitativo la comunicación. Da la sensación de que es más fácil comunicarse. Sin embargo, yo creo que es más difícil porque matemáticamente se ha multiplicado la masa de mensajes que circulan en el espacio privado y el público por la cantidad de gente que está conectada a internet: casi la mitad de la población mundial, es decir, más de tres mil millones de personas.
¿De qué manera influye esta gran masa de mensajes?
Lo que hace es fragmentar absolutamente la atención. Alguien que quiera comunicarse con otro -un negocio o un político que quiera llegar a una audiencia determinada- tiene hoy la posibilidad de ser un emisor más fácilmente porque tiene medios que todavía son bastante baratos y están al alcance de todos. Sobre todo se le facilita a quien tiene recursos. Sin embargo, eso se contrapesa con la gran masa de mensajes, que produce un déficit de atención muy fuerte. Si se quiere comunicar algo de lo que hace una empresa, organización, medio, ministerio o gobernación, será muy difícil. A partir de esa dificultad, surgen el resto de los problemas y de los beneficios también.

¿Cuáles son algunos de estos problemas y beneficios?
Hoy tenemos un acceso a la información como nunca antes, lo que produce una desvalorización del conocimiento porque está todo a mano. Antes costaba trabajo, mucho más dinero y tiempo conseguirlo porque estaba en pocas manos. Incluso hace relativamente poco tiempo, con una gran industria editorial bastante al alcance del lector, era difícil conseguir el libro físico. Hoy, desde el punto de vista del mercado legal de libros digitales y del ilegal también, está todo. Uno puede conseguir lo que tenga ganas de leer, de ver o de escuchar. Eso mismo lo desvaloriza y también se produce una súper especialización. Cada vez es todo mucho más de nicho. Quien está interesado por el deporte, lee noticias deportivas. Quien se interesa por la filosofía se conecta a blogs y páginas, escribe y lee a filósofos que tuitean y tiene la conexión a su perfil de Facebook. Así, al que le gusta el diseño de interiores, el vino, el paisaje y las carreras. Eso hizo que cambiara por completo la forma que tenemos de comunicarnos.

¿Le parece que en este espacio en el que todos son emisores hay mayor igualdad?
Hay igualdad de acceso pero sigue habiendo diferencias a partir de lo que la gente quiere escuchar o consumir. Las diferencias, queridas o no, nunca van a dejar de existir. En la Argentina el 68% de la población que tiene entre 16 y 55 años está conectada a internet. Es un porcentaje alto. La pregunta es qué se consume. Esa igualdad se da por otro lugar, como la cultura y la educación.

¿Cuál es el impacto de las noticias falsas en esta realidad?
Me parece que eso es más de lo mismo. Siempre ha habido manipulación de la información y operaciones de prensa. Eso no es resultado de la tecnología de la información. Lo que sucede es que hoy es más fácil producirlas pero hay una contramedida: el público general, al ser emisor -no solo receptor y consumidor-, está muchísimo más entrenado para decodificar y conocer la manipulación. Es decir, hoy cualquier intento de manipulación es más probable que sea descubierto más fácil y rápido que antes porque hay más expertos en información que analizan las operaciones. Lo que pasó en Río Gallegos -con la gobernadora, la presidenta, los falsos tuits de periodistas y los posteos de Facebook- se descubrió enseguida. Antes de este nuevo sistema de medios, de esta revolución digital, hubiéramos tardado semanas o meses en descubrirlo porque no había rastros. Hoy hay un registro, lo que se llama la huella digital: para algunos es negativa pero para esto es positiva.

En el caso de Trump, dicen que las noticias falsas ayudaron a que ganara.
Yo no sé si Trump ganó por eso, sino con eso. No creo que sea la única causa ni la más importante por la que se hizo con la presidencia de Estados Unidos. Yo soy más optimista que pesimista y creo que en realidad todo eso se descubre más rápido. La gente que votó a Trump por eso ya está desilusionada y entonces él ya tiene un problema.

¿Cuál es la consecuencia de la sobreinformación que hay por todos lados?
Lo principal, como te decía, es la desvalorización del conocimiento y de la información. Un problema bastante grave desde el punto de vista del rediseño, de la política editorial y empresarial de los medios de información es cómo hacen para sobrevivir, reinventar las noticias y atraer al ciudadano que tiene que estar informado. Ha cambiado por completo la naturaleza de la información periodística en ese sentido. Si bien sigue siendo en esencia lo mismo: la novedad, al haber una velocidad muchísimo más rápida, el medio tiene que replantearse cómo activa al lector o espectador. Antes tenía que hacerlo una vez por día; después, en una agenda a la mañana y otra a la tarde. Ahora tiene que activarlo cada hora. Ese es un problema muy importante.

También para la calidad.

Sí, porque cambia el concepto de calidad. Yo creo que hay muy pocas personas que leen completa una noticia de fondo porque no hay tiempo. Hay más cantidad de opciones para leer.

Las redes sociales contribuyen a fragmentar…
Las redes sociales funcionan como nudos, como nodos y como nichos también. Entonces se concentran en lo que les interesa y se desconcentran en lo que no les interesa. Las redes sociales son emociones y, si bien puede haber intelectuales o políticos que tratan de usarlas de una manera racional, el modo normal de usarlas es emotivo. Esa emoción hace que la gente se ponga a favor de algo y en contra de otra cosa, en una pelea que es medio irracional pero emocional. Quienes están a favor de Trump y en contra de él o quienes están a favor de Macri y de Cristina, en el fondo, no se leen. Hay una especie de confrontación, de lucha, de pelea informativa y emocional, en lugar de escuchar al otro para saber qué es lo que dice.

Los algoritmos de Facebook, por ejemplo, se programan para que uno vea lo que consume habitualmente.
Los robots de Google, también. Cuando se entra a Youtube por segunda vez, se encuentra lo más parecido a lo que se vio la primera. La cuarta vez, lo más cercano a la tercera, la segunda y la primera. Lo primero que hace un teléfono inteligente hoy es pedir permiso para tener la ubicación, con lo cual sabe adónde se va, con quién se está y la información que se consume. Eso genera un perfil.

¿Cómo deberían encarar las familias el acercamiento de niños, niñas y adolescentes a la tecnología? 
Me parece que eso está vinculado al estilo de familia que se tiene o se quiere tener. Hay una diferencia con el sistema mediático anterior, en el que el centro era la televisión. En ese momento, había críticas y unos debates interminables sobre lo que la televisión generaba: la violencia, los efectos del sexo explícito y de las malas palabras. Más allá de eso, había una ventaja: el medio estaba centralizado tanto desde el punto de vista de las empresas, como del aparato en la casa, donde había uno o dos equipos. Hoy es muy difícil controlar desde el punto de vista externo, del control coactivo. Si se quiere tener un control, este debe ser suave: un control por el consenso, en el que hay confianza como resultado de la conversación. Si uno le da un teléfono a un menor de edad por seguridad, porque considera que tiene que acostumbrarse a estar conectado a internet, a bajar documentos o a estar en contacto con sus compañeros de colegio, necesita sí o sí la confianza y, para eso, hay que estar cerca. No hay confianza en la lejanía, sino en la cercanía. En la cercanía uno puede saber todo lo que pasa. En la distancia, no.

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